Inexorablemente me refugié en tu frondoso ramillete de rincones,
viví el candor juntando nuestras sombras
y degusté gotas de filo
a las horas coloridas de la comida juntos,
de las caricias y palabras en el sofá,
de los libros compartidos y los besos incontables,
de las caminatas que terminaron siendo una sola ida,
del dulce axiomático de compartirlo todo,
de las tertulias riusueñas y las lecturas en voz alta,
de la música de Mozart y Vivaldi...
De ese nudo de instantes invisibles
queda la ceniza esencial consignada en la memoria.
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